Roadtrip a un no-lugar

Llevo unos kilómetros buscándome en la Nacional 1 sin destino ni punto fijo en el mapa. Las sabinas galopan a mi derecha e izquierda. Bajo la ventanilla y capto un olor lejano a sal y mar. Un paisaje que me hace pensar en otros momentos, otros agostos. Unos en los que la palabra veranear primaba en el diccionario.

“Un no-lugar es un sitio anónimo e intercambiable donde cualquier persona y sensación de tiempo, se convierten en anónimas también.”

Quizás esté ahí donde me encuentro: en un no-lugar, en un no-momento. Mi única certeza es la de conducir con pasos somnolientos, anclados en alguna parte entre el norte de la costa y el aire. Embarcarse en un particular road-trip sin rumbo parecía la mejor opción cuando las temperaturas amenazaron con elevarse. Ahora dudo y casi anhelo que alguien compartiera mi viaje por este inhóspito terreno. La sensación de irrealidad que resulta demasiado cercana, y atemoriza su familiaridad.

La carretera es estrecha, decisiva, apunta firmemente hacia una dirección. No todas las carreteras llevan a alguna parte pero esta lo hace y lo agradezco. Cuando no tienes un rumbo claro lo infalible es que ella decida por ti. Calzadas firmes, sin opción la deambulación recreativa. Aparezco en la ciudad marina, y digo aparecer porque así ha sido, las ruedas, el azar o mi inconsciente me han traído hasta aquí. Hace tiempo que dejé de poder ser dueña de mi misma.

Me encuentro con el océano nostálgico y apaciguado, casi virgen. Hola, viejo amigo. Sé que te he conocido antes pero con el alma menos sombría. Recuerdo esa fachada cubierta de sirenas azules del pequeño hotel donde hice noche, las tiendas souvenirs apiñadas. Su mano atrapaba fuerte la mía, junto a otras que se unían más tarde, besos en la cara y madrugadas perpetuas. La avenida principal vestida de gala, turismo al  alcance de todos e ilusión. Ahora la oscuridad agresiva baña las calles de aquello que fue. No debo quedarme aquí mucho, me quedan días y paradas por delante de abrumadora melancolía.

Me despido del parque de atracciones atrapado en el abandono, de las sillas apiladas en las heladerías huérfanas. Digo adiós y un «no te olvidaré» al recuerdo de sus sonrisas, y a todas aquellas palabras que prometían futuro.

Sin maleta y cargada con bruma litoral, aprieto el volante y espero al siguiente susurro. Me espera mi próximo espejismo. Acelero.

Por: Raquel Bada

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